A los 78 años, Marta decidió que ya había tenido suficientes casas convencionales. Había pasado décadas entre habitaciones cuadradas y techos planos, con escaleras, jardines y paredes que siempre exigían más trabajo del que ella quería dedicarles, así que cuando surgió la oportunidad de construir algo completamente distinto, no pidió nada más grande. Pidió una vivienda excavada directamente en la ladera rocosa, y lo que espera detrás de esa pequeña puerta de piedra es mucho más cálido y mucho más extraño de lo que cualquiera imagina.
Un recibidor que parece un pasadizo secreto

Los primeros pasos dentro de la casa son los que hacen que casi todo visitante afloje el ritmo. No se siente como entrar en una vivienda. Se parece más a adentrarse en un pasadizo silencioso abierto en la tierra, con paredes que se curvan a tu alrededor, un suelo liso y desgastado bajo los pies, y pequeñas luces cálidas que hacen brillar la piedra en lugar de enfriarla.
Marta mantuvo el espacio sencillo a propósito. Hay un banco de madera, una hilera de ganchos para los abrigos y un rincón modesto para zapatos y bufandas, apenas el mobiliario necesario para que el recibidor funcione sin robarle protagonismo a la cueva. La piedra alrededor del umbral sigue áspera en algunas zonas, y eso le da a la entrada su carácter extraño y honesto. Los constructores se ofrecieron a pulirlo todo para lograr un acabado más moderno, y ella dijo que no. Quería que la gente recordara dónde estaba pisando. Por eso el recibidor se lee menos como un pasillo y más como el comienzo de una aventura.
